Mark: El hombre detrás del presidente

Él es Mark“De niño era muy inteligente”. Esas fueron las palabras que usó Mark para comenzar a relatarme su historia de cómo llegó a parar a las calles. Su papá se había casado por tercera vez y su mamá era esa tercera esposa. “A mi papá le encantaban los niños, por eso se casó con mi mamá, que era mucho más joven, porque quería más niños. ¡Mi papá era un hombre muy viejo!”. Pasaron unos años, a la segunda esposa no le agradaba mucho que su marido tuviera tantas atenciones con el hijo menor, así que cortó por “lo sano”: dejar de darle de comer. Así de simple, le quitaban el balde para lavarse las manos, de modo que él se iba a la cama con el estómago vacío. Por eso se tuvo que trasladar de casa, lejos de esa mujer.

Tiempo después, su papá murió, no sabe de qué pero piensa que la segunda esposa lo envenenó. A partir de ese momento, pasó de vivir en la casa de un tío a la de otro; todos iban muriendo poco a poco, finalmente se quedó solo. Su mamá murió antes de que él pudiera decirle “adiós” y así fue como comenzó a vivir en las calles. Primero, fue en Nairobi, luego, el año 2004, llegó a la base en Nyalenda, atrás del mega shopping Mega City.

Durante, aproximadamente, un año, estuvo viviendo allí junto con otros jóvenes de la calle, entonces tenía 18 años y lo eligieron su líder. Le entregaron una “panga” (es un cuchillo que corta el pasto) para asaltar a los transeúntes cuando no lograban reunir dinero durante el día. Así funcionan las cosas en la calle: juntas dinero recolectando botellas plásticas para vender a un chelín keniano cada una o robas al primero que encuentres caminando desprevenido. Mark es de esa clase de personas que jamás te imaginarías que tuvo un pasado oscuro, es bueno como un pan de dios. Con la Saskia siempre comentamos lo bueno que es, que siempre entiende todo, le explica a los demás nuestras ideas y siempre anda con una biblia en la mano porque quiere ser pastor.

Fue una noche, en diciembre del 2004, él miraba el reflejo de su cara en la panga mientras se acercaba un hombre bien vestido, era trabajador del Hotel Imperial. “Lo único en lo que pensaba era en cuánto iba a vender el celular por el que iba hablando y en cuánta comida me iba a poder comprar”. En cosa de segundos, le saltó encima como un león; lo amenazó con su arma, le hizo quitarse los zapatos y pantalones también porque se podrían vender bien en el mercado.  “¡Y ahora corre y no mires hacia atrás!” le gritó cuando ya tenía todo en su poder. Ese fue su primer robo con intimidación. Vinieron muchos otros antes de que lo pillaran. El día que lo agarraron, había asaltado a una pareja, también con intimidación, sólo que esta vez salieron amigos de la víctima a defenderlo y agarraron a Mark a patadas en el suelo hasta que confesara que había sido él.

“La cárcel no es un lugar para estar; los reclusos comparten ideas… Si son malas ideas, vas a seguir siendo una mala persona”.  Mark estuvo en la cárcel 5 años. Iba a ser colgado y tenía mucho miedo, rezaba constantemente y sus compañeros de celda lo molestaban porque lo consideraban ridículo. Durante 2 años estuvo en Rumandi, la cárcel para los condenados y, en mayo del 2007, el juez le perdonó la condena, lo consideraba muy joven y creía que todavía se podía reformar, por eso lo mandó al área de “Hard Label”, es decir, trabajo forzado.  Durante ese período, fue maltratado en varias ocasiones por los mismos guardias que no lo querían trabajando ahí, por eso terminó siendo trasladado a la “Cárcel Principal”, en Otonglo. Eso queda a unos minutos de nuestra casa en Riat.

Fue entonces cuando comenzó el cambio. El 2008 se enroló en “Discípulos de la Misericordia”, una organización cristiana que le enseña a los jóvenes a leer e interpretar la biblia. Durante un año estuvo en pruebas y, finalmente, se le entregó el certificado: estaba listo para enseñar al resto. La verdad es que yo no soy muy partidaria de esas cosas, pero a él le ayudó mucho, se encontró a sí mismo y, desde entonces, todo comenzó a ir bien. Entró a trabajar en la industria de muebles de la cárcel, ahora comía mejor ya que le pagaban un pequeño sueldo, además estaba pintando las salas de recién nacidos en la cárcel de mujeres. “Nunca me voy a olvidar de la primera comida que me preparó una mujer después de casi 6 años: fue un 17 de febrero del 2010, en la cárcel de mujeres; ella era presidiaria y yo quería darle las gracias, pero no me dejaron”.

Mark y yo en el almuerzo navideño

El día que salió de la cárcel, un domingo 30 de mayo del 2010, caminó desde Otonglo hasta la ciudad (unas 2 horas caminando). Le habían dado 30 chelines para movilizarse pero, en vez de gastarlos en transporte, los guardó para comer. A partir de ese momento, su vida ha sido complicada: primero vivió un tiempo con un tío al que ayudaba en el trabajo de la casa, pero la mujer se quejaba, así que se fue a vivir a la base en Nyalenda nuevamente. Hoy vive en un slum en Manyatta: juntó un poco de plata y se arrendó un kiosko para dormir, pensando que, en el futuro, podría usarlo para hacer sus negocios vendiendo cosas.

Cuando Mark llegó a la oficina, me llamó la atención; era reservado, no hablaba mucho, pero se veía que tenía buenas ideas. En diciembre lo eligieron presidente del proyecto y hoy doy gracias el haberlo conocido, me ha enseñado muchas cosas, a entender que no todo tiene que ser altiro, que hay que ser pacientes y saber esperar pero, sobre todo, he descubierto en él a una de las personas más fuertes, valientes y grandes que he conocido en mi vida. 

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