Cuando conocí a Michael me dio la impresión de que estaba frente a un caso que me iba a costar mucho sacar adelante, pero no sabía porqué. Era un presentimiento, probablemente porque me pareció tan chico y vulnerable; lo primero en lo que pensé cuando me dijo su edad, 16 años, fue en mi hermana chica que, entonces, tenía la misma edad.
Estuvo yendo las primeras semanas de reuniones (eso fue en septiembre) y, a partir de octubre, no lo vi más. Eso fue hasta diciembre, cuando empezamos la construcción del gallinero. Llegó un día a la oficina (que en realidad es una casa) y se sentó frente a mí. Yo estaba sacando algunas cuentas y me di cuenta de que quería decirme algo, así que levanté la cabeza y le pregunté qué pasaba. Me dijo que quería volver al colegio. Obviamente me lo decía porque necesitaba que yo lo ayudara, pero no sabía cómo considerando que soy voluntaria, no es como que tenga ingresos cada mes como para ser su sponsor; le expliqué todos esos puntos pero que lo intentaría ayudar con los medios que tengo.
El primer paso que tuve que dar fue conocer al personaje con el que vive, Edward, de unos 35 años; fue un día miércoles cuando lo conocí en su puesto de trabajo, en Kibuye (uno de los mercados más grandes en África que está en Kisumu Town). Al principio, me dijo que era un amigo de él, que por “la buena onda” lo estaba alojando. La semana siguiente, me fue a ver a la oficina; me pareció de lo más sospechoso y ya veía que me iba a pedir plata, así que le pedí a Silas que se quedara conmigo mientras el personaje en cuestión hablaba. Comenzamos a hacerle una serie de preguntas: cómo había conocido a Michael, cuál era su relación con él, entre otras. Edward esquivaba cada pregunta con una respuesta totalmente extraña, hasta que finalmente salió a la luz la supuesta verdad: Michael era el hijo de su hermano mayor, por lo tanto, él era su tío. Su esposa no toleraba que su marido mantuviera al sobrino, así que ambos se quedaban en una casa en la ciudad, mientras la esposa cuidaba a los hijos a las afueras de Kisumu. Después, le preguntamos cuál era el motivo por el que había ido a la oficina y era total y completamente obvio: quería que la mzungu (yo) le ayudara con el tema de los pagos del colegio. Me empeloté, claramente, porque es en esas circunstancias cuando sientes que lo único que ven en ti es plata y las habilidades intelectuales pasan a segundo plano. Eres blanca, por lo tanto, tienes plata para ayudarlos o, al menos, los medios. Ahí preferí irme a otro lado, estaba enojada así que Silas habló con él para que no se hiciera ilusiones conmigo.
Ese día, mientras los demás construían, me quedé conversando con Michael porque lo había visto muy depresivo en las últimas horas. Al principio me dijo que estaba enfermo, pero sabía que no era cierto, le dije que estaba cansada de las mentiras, que quería que me dijera la verdad y cuál era su relación con el famoso Edward porque me parecía que había algo ahí que él no me estaba diciendo. Al cabo de unos minutos de silencio y mirando al infinito, me dijo “¿Sabes Francisca? Ese hombre que vino hoy no es mi tío… él es mi papá”. Plop. Así quedé. Plop. Me contó que para él era mucho más fácil no revelar que era su papá porque, así, no tenía que hacerse cargo de él (que, según nosotros, es lo que corresponde, pero acá en África las responsabilidades están trastocadas), que la madrastra no lo quería en el hogar y que, por eso, vivían en la ciudad. Que su papá se gastaba todo el dinero del trabajo en hechiceros que le daban drogas para que su hijo, o sea él, Michael, se las tomara, así que se la pasaba dopado, que no quería seguir tomándoselas pero que no sabía cómo decirle que no porque, si lo hacía, lo echaría de la casa. Primero, la rabia se apoderó de mí, quería ir a decirle, en su propia cara, el mal padre que era, que no merecía vivir, pero después me di cuenta que sólo empeoraría las cosas. Desde entonces, he tenido que callar lo que sé porque, de otro modo, Michael se queda sin techo para vivir.
Unos días después fui con él y Peter, como mi traductor personal, al hogar de Michael, es decir, al lugar de donde venía, donde había nacido, crecido y de donde había sido sacado a patadas. Tenía que conocer a la madrastra y cerciorarme de que, efectivamente, Edward era el papá y no el tío, como me había dicho en un principio. Tras una hora en matatu y media en una motocicleta (10 minutos negociando para que no me cobraran el doble), llegamos al hogar, quedaba en lo alto de una colina y, en el horizonte, se desplegaba el inmenso valle. La madrastra de Michael me recibió de maravillas (sí, lo que hace el color de piel… tiene ese poder hipnótico en los africanos), incluso me regaló una calabaza y me invitó a comer para la próxima vez. La conversación fue corta, no nos dijimos mucho principalmente porque ella no hablaba inglés y yo no hablo kiswahili (una cosa es saber algunas palabras, otra muy diferente es hablar fluido), pero descubrí lo que quería descubrir: ella era la madrastra, tenían problemas de dinero y ella tenía que mantener a 3 hijos más (suyos, por cierto).
Las siguientes semanas fueron una lucha constante: primero, porque nos falta dinero para las gallinas. Segundo, porque Michael quería volver al colegio y empezó a presionar para que lo acompañara, pero me era complicado considerando que no soy su sponsor (no lo puedo apadrinar simplemente porque carezco de los medios), por lo tanto, no podía hacer mucho. Le pedí que me contara su historia completa de cómo pasó de tener un sponsor a no tener nada en lo absoluto. El 2005 había entrado al hogar “Mount Zion” donde, se supone, le pagarían los 5 años restantes de colegio además de alojarlo y darle comida. El hogar es apoyado por europeos, principalmente de Inglaterra, quienes donan cantidades enormes de dinero y, aquellos que manejan el hogar, son keniatas. Aquí va la parte rara de todo el tema: muchos de los administradores reemplazan a los niños de la calle por hijos de funcionarios o bien, muchas de las lucas que deberían ser utilizadas para estos niños, llegan a parar a bolsillos ajenos, además de contratar a los familiares. Interesante, ¿no? Así que, cuando llegó al cuarto año de colegio (sólo le faltaba uno más), es decir, el 2010, se les informó a todos sus compañeros, Michael incluido, que no podrían seguir pagándoles la comida y el techo, que debían retirarse a sus hogares de origen y que ellos se harían cargo de la educación. Obviamente aquello no pasó; Michael estuvo 3 meses viviendo en su hogar, hasta que no soportó más la presión por parte de su madrastra y volvió a las calles, a vivir. Desde entonces, ha intentado por todos los medios de volver al colegio, ha pasado de un hogar a otro preguntando, pero nadie le da una respuesta, no aceptan a niños mayores de 10 años o bien no están los medios. Por eso, probablemente, acudió a mí: porque era la única mzungu con la que podía conversar frente a frente sin que le dijeran mentiras. La semana pasada volvió a Mount Zion, pero según ellos, “la plata no está ahí”, así que se tiene que esperar hasta nuevo aviso (probablemente nunca).
La última vez que vi a Michael, ayer, estaba viviendo solo en la casa, su papá le había dejado sólo 150 chelines (eso es como un dólar y medio) para que sobreviviera: eso había sido hacía 2 semanas.
Por eso decidí escribir este post, porque por más que le doy vueltas, no encuentro una solución: los internados son caros, yo no puedo pagarlo porque, además, estamos con el tema del gallinero, su papá dice que no es su papá, Mount Zion “no tiene lucas” (pienso que es mentira) y yo no puedo intervenir en nada porque sólo lo perjudicaría.







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